lunes, 19 de septiembre de 2011

CUANDO EL CORAZÓN SE HACE TEXTO: LA CLASE DE RELIGIÓN


Sentados en el pupitre de la vida hemos hojeado nuestro texto de geografía, donde están conta­dos nuestros ríos y mares, nuestras montañas y valles, los países con sus fronteras y sus diferentes paisajes. En ese mismo pupitre también hemos traba­jado el texto de historia, que narra lo que en el tiempo han ido haciendo y deshaciendo los que nos han precedido con sus descubrimientos, sus hazañas y sus olvidos, lo más noble de su trayectoria y lo que nunca debería haber sucedido. También hay otras cosas que constituyen nuestros saberes con la precisión matemá­tica, las composiciones químicas, las leyes físicas, la literatura y todos sus lenguajes, y el relato de cómo cada generación ha querido explicar incluso lo inexpli­cable con el pensamiento que ha forjado la filosofía ante las preguntas vitales. En ese pupitre imaginario la escuela ha tenido la impagable labor de sistematizar la educación de modo orgánico, gradual, para que nuestros conocimientos fueran enriquecidos de los datos necesarios para adquirir el bagaje cultural que nos madurase en la comprensión de la vida.

   Pero hay un texto diferente, que no es fácil adivinar su grosor ni el tamaño de sus letras. Un texto de ilustraciones variadas y siempre imprevisible el íter de su argumentario. Junto a los libros que nos describen lo que los hombres han hecho, hay otro libro en donde está grabado cómo los hombres hemos sido hechos. Una estructura que no nos hemos dado nosotros y que sin embargo nadie puede arrancarla de nuestro adentro.
   
   El gran escritor italiano Cesare Pavese se preguntaba sin cesar: “¿Hay alguien que nos haya hecho una promesa? Entonces, ¿por qué esperamos?”. Esa era su inquietud sincera a pesar de no tener fe: si no hay ninguna realidad superior, si no hay Dios en quien creer, ¿por qué el corazón está tan lleno de una espera? Sí, de una espera de que suceda algo, de que acontezca alguien, y nos desvele el misterio de nuestras ansias de bondad, la nostalgia de la belleza y la rebeldía ante lo que es injusto y perverso. El corazón humano es un maravilloso libro de texto, en donde Dios ha querido escribir con respeto el más hondo deseo, ese que nos constituye por fuera y por dentro, y que nos hace indómitos buscadores de la felicidad. Los artistas con sus pinceles y cinceles; los músicos con sus notas; los escritores con sus relatos; los niños con su búsqueda inocente; los enamorados con su encanto candente; los santos con su testimonio inefable; todos, cada cual con su acierto o su deriva, hemos ido y hemos vuelto a ese texto del corazón para aprender humildes lo que allí se nos enseña por parte de Dios, o para censurar lo que ahí palpita y late

   La asignatura de Religión Católica en nuestra escuela tiene toda esa razón de ser: acompañar la pregunta de nuestro corazón y mostrar la respuesta que la tradición cristiana ha ofrecido. Es una respuesta que bebe en lo que Dios mismo nos ha ido revelando, y cómo la Iglesia ha escuchado su mensaje, lo ha celebrado, vivido y anunciado. Esa respuesta no sólo se ha hecho culto religioso y propuesta moral, sino también se ha plasmado en el arte, en la literatura, en el pensamiento. Representa las raíces de nuestra cultura occidental. Faltando esta perspectiva en la enseñanza de nuestros niños y jóvenes, daría como resultado una educación mutilada, empobrecida y más vulnerable a la manipulación de la ciudadanía. La Religión se da en la catequesis, pero también es estudiada en la escuela. Para entender y para entendernos, tenemos este texto del corazón que el cristianismo ha querido tomar en serio, en cuyas preguntas y respuestas, Dios y nosotros acompañamos la espera de la que estamos hechos.


Ms. Jesús Sanz Montes, ofm


domingo, 18 de septiembre de 2011

Una experiencia inolvidable


    ¡Qué enorme alegría! Ver a tantos jóvenes, chicos y chicas, de todos los lugares del mundo, riendo, cantando y siendo felices.
   Supongo que ya habréis adivinado de qué os estoy hablando: de las Jornadas Mundiales de la Juventud en Madrid, en este agosto pasado.
   Hace unos meses todavía no tenía decidido asistir con seguridad. Los números cantan, y mi carnet de identidad me decía que ya no me encontraba entre el grupo de los jóvenes. Una vez más, un muchacho me sacó de este aprieto. Me dijo que si el Santo Padre, con 84 años, se sentía como un joven más, cualquiera de nosotros tenía ya el pasaporte para este interesante evento.
   Así que hice mi petate, y sin más dilación dirigí mis pasos hacia la capital de España. Allí iba a vivir una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Recuerdo, con emoción, que más de una vez, durante aquellos días, mis ojos se llenaron de las lágrimas de la complacencia.
   Al llegar a la estación de Atocha enseguida me di cuenta que la ciudad bullía con un encanto especial. Un ir y venir de gentes cargadas con mochilas de todos los colores, y comenzar a escuchar palabras de idiomas que no me son extraños junto a otras más incomprensibles para mí. ¿Sería aquello una nueva Babel?; pronto descubrí que a pesar de la multitud de lenguas, todos hablábamos un mismo lenguaje: el de la alegría, de la cordialidad, de la paz, de la fe.
   Éramos muchos los que habíamos llegado desde todos los rincones del mundo para compartir con el Vicario de Cristo unos días de esperanza y de oración. Las primeras citas iban a ser en torno a la plaza de Cibeles y la calle de Alcalá. Con impaciencia esperábamos al Papa, que desde hacía unas horas había aterrizado en España. Las calles estaban repletas de jóvenes, no cabía una aguja y hacía muchísima calor. Todo lo olvidamos cuando vimos aparecer el papamóvil y un fuerte estruendo lo invadió todo. Benedicto, acompañado de jóvenes de todo el orbe, hizo su entrada triunfal por la Puerta de Alcalá, puerta del mundo que se abría de par en par. Fue la primera emoción, y desde entonces vendrían unas detrás de otras.
   Al día siguiente, en el mismo lugar, rezamos con devoción el Via Crucis, sentados sobre el asfalto caliente, pero sin que nadie se quejara de lo incómodo de la situación. Recorrimos la vía dolorosa con un encanto muy especial. Imágenes sacras, representando toda la geografía española, habían llegado hasta Madrid, para que todos pudiéramos revivir ese fervor popular tan característico de nuestra Semana Santa. Y al terminar, cuando el sol ya había caído, oh!, se hizo la magia. De repente el duende andaluz apareció en las calles de la Villa. Hasta pasadas las tres de la mañana disfrutamos de una “madrugá” que paso a paso, un trono tras otro, nos ponía la piel de gallina. “La Virgen de Regla”, “La Sentencia”, “El Cristo de Medinaceli” o “El Cristo de Mena”, custodiado por la Legión, sólo por citar algunos.
   Pero lo mejor aún estaba por llegar. Había llegado el momento de cambiar de escenario. La marea de jóvenes comenzó a dirigirse hacia el aeródromo de Cuatro Vientos. Algunos partían aquella misma noche, para poder situarse en los mejores sitios. Íbamos a vivir, junto a Benedicto XVI, una vigilia de oración y la celebración de la santa Misa.
   Llegamos a aquel enorme descampado. Nunca he visto a tanta gente reunida. Dicen si seríamos cerca de los dos millones. Cada grupo, cada familia había montado su pequeño campamento y todos nos dispusimos a compartir las ilusiones y los deseos que nos habían llevado hasta esa explanada henchida de fervor y de esperanza.
   Cayó la noche; llegó el Papa y comenzó la oración. Y entonces, como si de un nuevo Pentecostés se tratara, se desencadenó la tormenta y un viento huracanado atravesó todo el recinto. Pero no hubo miedo, todos permanecimos en nuestros puestos, y en el momento de la adoración al Santísimo se hizo un silencio sobrecogedor y dimos gracias a Dios. ¡Gran emoción, muy difícil de reflejar en estas pobres palabras!
   Después llegó la larga noche, que, a decir verdad, no se hizo tan larga, gracias a los más jóvenes. ¡No os podéis imaginar! Toda la madrugada cantando y bailando al son de las guitarras y los bongos. Cientos de miles de chicos y chicas viviendo en la mayor fraternidad. Ah! Qué no se me olvide, y durante toda la noche muchos sacerdotes regalando el sacramento de la reconciliación a todo aquel que se quería acercar.
   Y sin darnos cuenta amaneció un nuevo día. Y nos preparamos para vivir la alegría del banquete eucarístico. Parecía imposible, pero aún más familias llegaron al recinto con los primeros rayos de sol.
   Todos cantábamos a una: “¡¡Esta es la juventud del Papa!!”.
   Y Benedicto nos regaló aquellas bellas palabras:“Queridos jóvenes, permitidme que, como Sucesor de Pedro, os invite a fortalecer esta fe que se nos ha transmitido desde los Apóstoles, a poner a Cristo, el Hijo de Dios, en el centro de vuestra vida. Pero permitidme también que os recuerde que seguir a Jesús en la fe es caminar con Él en la comunión de la Iglesia. No se puede seguir a Jesús en solitario. Quien cede a la tentación de ir «por su cuenta» o de vivir la fe según la mentalidad individualista, que predomina en la sociedad, corre el riesgo de no encontrar nunca a Jesucristo, o de acabar siguiendo una imagen falsa de Él”; “No os guardéis a Cristo para vosotros mismos. Comunicad a los demás la alegría de vuestra fe”.
   Yen verdad que todos se pusieron manos a la obra, a la obra de Dios.
   En estos inolvidables días he vuelto a sentir que todavía queda en el mundo mucha gente buena, y en especial la gente joven.
   Esta experiencia para mí no hubiera sido posible sin la estimable compañía de mi hijo, a quien se lo agradezco de corazón.

Pepe Gosálvez Roca.